Revista Détour de Espana: Habla, memoria. Un encuentro con Varujan Vosganian | por Juan Jiménez García, Óscar Brox

Hay muchas cosas que contar, muchas cosas por ser contadas, muchas cosas de las que liberarse. La del genocidio armenio ha sido una de esas historias silenciadas a lo largo del pasado siglo. Quizá por ello, su relato, recogido por Varujan Vosganian, solo pueda narrarse con susurros, con las peripecias de hombres sencillos y el costumbrismo de un lugar consumido por el fuego de la memoria. De esa memoria que se tragó a casi dos millones de muertos y que, aún hoy, pugna por el reconocimiento de la masacre. Porque a nuestra cabeza le resulta imposible entender esas cifras, hay que volver a los números pequeños. Las historias individuales que contienen la tragedia colectiva. Volver a sentir la responsabilidad de contar.

 

Con motivo de la celebración del centenario del genocidio armenio, Varujan Vosganian, el autor -o el storyteller, como él mismo afirmaría- acudió a Valencia para participar en los actos conmemorativos. Una oportunidad para compartir mesa, café armenio y frutos secos y charlar sobre la memoria de los armenios, el perdón, la sangre, el pasado, los muertos y la manera en la que la Historia se abre camino.

 

El relato de la identidad

 

Se dice que El libro de los susurros es un libro identitario para los armenios. Es verdad que en él se describen sus costumbres, la música, la fe, las melancolías y las esperanzas, los héroes, pero al mismo tiempo es un libro sobre alemanes, judíos o rumanos. De hecho, gran parte de la acción transcurre en Rumanía, no en la antigua tierra de los armenios. Creo que esta obra es una biografía del Siglo XX; una biografía del mal, con las guerras mundiales, las fosas comunes, los campos de concentración, los apátridas, los genocidios y la ideología utilizada como instrumento de autoridad.

 

El libro de los susurros versa sobre la condición humana. Es, en ese sentido, un libro que se puede escribir en cualquier esquina del mundo. Cada lugar, cada tiempo y cada pueblo tienen su libro de los susurros. Su autor no es un escritor, sino un storyteller; no es tan importante escribirlo como relatarlo. El libro se puede recitar, pero no es obligatorio escribirlo. Su auténtico valor se encuentra una vez las palabras saltan de las páginas y se liberan sobre la atmósfera, en el círculo de las ideas. Un libro es un objeto, por eso su alma es lo más importante: la posibilidad de establecer una comunicación entre el alma del libro y el alma del lector.

 

Se puede considerar a El libro de los susurros como una obra que pertenece a la Historia, puesto que lo que explica sucedió realmente. Sin embargo, no se trata de un libro de Historia; la Historia es el lugar de los vencedores -por ejemplo, los reyes o los generales. En cambio, una obra literaria es el lugar de los hombres que sufrieron la Historia, no de los que la dominaron; es el lugar de los hombres sencillos. Tampoco diría que se trate de un trabajo autobiográfico en el que el autor es también personaje de la obra. Esa memoria y esos recuerdos no son los míos, sino los de mis abuelos.

 

No hay diferencia entre los héroes del libro y los hombres ordinarios porque creo que cada hombre tiene en su vida una dimensión epopeica. Quizás la importancia de la novela Ulises fue que Joyce demostró que un día en la vida de un hombre desconocido puede ser semejante a una epopeya. Y si conocéis Un día de la vida de Iván Denísovich, de Solszhenitsyn, mis personajes son hombres sencillos. Pero la vida, sus vidas, tienen una magnitud epopeica.

 

El libro de los símbolos

 

Al mismo tiempo, El libro de los susurros es prácticamente un libro de símbolos; un texto que intenta ofrecer al lector una llave para abrir la puerta hacia el censo de la existencia. En él aparece, por ejemplo, un fragmento pequeño donde se describe el paseo de una pareja, un hombre y una mujer, hacia el desierto. Resulta interesante observar cómo ese lugar, Der Zor, ahora ciudad de la actual Siria, fue el primer campo de concentración de la Historia, donde se llevó a cabo el exilio armenio. Las autoridades del imperio otomano creían que los armenios deberían morir en el trayecto hasta Der Zor, pero más de 200.000 sobrevivieron. Ese campo fue, por así decirlo, el margen del exilio. Después de aquello, la muerte pasó a formar parte del exilio; la muerte murió con los armenios.

 

En el mapa del mundo, este lugar es el punto donde se abre el triángulo entre los ríos Tigris y Éufrates, el lugar que en la Biblia simbolizaba el Paraíso. El Paraíso era un triángulo con tres fronteras: el Tigris, el Éufrates y la unión formada por ambos ríos. Así que resulta simbólico que, tanto tiempo después (del nacimiento de Adán y Eva), la humanidad regresase al lugar donde se hallaba el Paraíso para encontrarse con el Infierno. Se trata de un símbolo, pero la Historia de la humanidad lo describe muy bien: como una escalera descendiente que va del Paraíso al Infierno, en la que el pecado original no supuso un descenso abrupto sino por etapas.

 

Mi actividad como político no fue un obstáculo para el libro, sino una ayuda. Cuando tienes un papel social importante, te obligas a entender, aceptar y armonizar opiniones diferentes; eres más sabio y aprendes a abandonar el odio. Odio implica conclusión, no ser capaz de apuntar el cambio; esta es mi verdad, esta es mi conclusión. Creo que la conclusión mata al arte; el arte no debe poner conclusiones porque las conclusiones pertenecen a la política. El arte significa comunicación. El lector continúa lo que aparece en el libro, sin lector el libro se muere.

 

El olvido, la venganza y el perdón

 

El libro de los susurros describe crímenes sin precedente en la Historia. En cierto momento estuve tentado de describir cómo los padres y hermanos de mi abuelo fueron asesinados con crueldad, pero lo hice sin pasión. Para nosotros los armenios, quizá también para los judíos y para aquellos pueblos que vivieron un trauma, la memoria no es parte del pasado. No decimos he sido o fue, para nosotros la memoria es parte del presente. No podemos entender ni imaginar el presente y el futuro sin pasado. El futuro se construye como una continuación porque la memoria es parte de él. Por eso decimos que hay tres tipos de actitud: el olvido, la venganza y el perdón. Puedes elegir entre cualquiera de ellas, no es posible vivir fuera de esas opciones. Olvidar significa indiferencia; la persona que olvida no entiende. El olvido es peligroso porque si olvidas pronto se puede volver a repetir lo sucedido.

 

La más inútil, en cambio, es la venganza. Por ejemplo, los que lucharon en El libro de los susurros creían que al verter una gota de sangre ajena podían curar la sangre derramada por su pueblo; creían que se podía cerrar y curar una herida produciendo otras heridas. Yo creo que eso no es posible. Una gota de sangre no puede ser igual a otra, una herida abierta no puede curar otra. La venganza solo puede multiplicar el dolor; es un camino sin fin, una escalera hacia ninguna parte.

 

Lo más importante es el perdón. Perdonar lo imperdonable es quizá el momento más sublime de la condición humana. Perdona significa adquirir una responsabilidad. Para olvidar no hace falta explicar nada. Sin embargo, para perdonar tienes que explicar tus razones; ser consciente del hecho de que no volverá a suceder. Los judíos tuvieron esta posición hacia los alemanes porque aquellos les dieron su garantía de que otro Holocausto no sería posible en el futuro. En ese sentido, para perdonar necesitas que alguien asuma esos hechos. Los armenios, por desgracia, no estamos en posición de perdonar, porque no hay alguien que los asuma.

El trauma común

 

Para nosotros, el genocidio fue un trauma común y mantenemos una misma posición. Los rumanos, por ejemplo, no la tienen con respecto al comunismo; este tuvo sus víctimas y sus verdugos, y no resulta sencillo curar las heridas porque no está claro quiénes fueron los responsables y quiénes sus víctimas. En el caso de Armenia es más fácil, resulta imposible olvidar el genocidio. En 1915 tres millones de armenios vivían en Anatolia, lo que ya de por sí marca una diferencia entre genocidio y holocausto: cuando los judíos llegaron a Alemania, se encontraron con los alemanes. En Anatolia, en cambio, fueron los turcos los que se encontraron a los armenios; esa tierra era un territorio armenio.

 

El problema no es solo moral. No podemos olvidar que el genocidio se contó en forma explícita e implícita. En el primer caso, a través de la situación de los pueblos armenios en la frontera con Siria: la destrucción de la sagrada catedral en Der Zor o la aniquilación en Azerbaiyán de más de 8.000 cruces de piedra, un patrimonio extraordinario del medievo. En el segundo caso, las formas implícitas fueron más sutiles y dolorosas. En 1915 vivían tres millones de armenios, la mitad de los cuales murieron asesinados. Los hijos de aquellos supervivientes abarcan, en la actualidad, a cerca de seis o siete millones. Si la mitad fue asesinada, eso significa que ahora las víctimas del genocidio no son un millón y medio, sino seis millones. Y dentro de diez años el número se multiplicará. Y así sucesivamente. ¿Por qué, entonces, los armenios pedimos 100 años después el reconocimiento del genocidio? Cuando nací, en 1958, nació otro Yo en el mundo de los muertos con el que comparto el mismo dolor. Yo, aquí, en el mundo de los vivos, y mi otra mitad en el de los muertos. Como le sucedía a la griega Perséfone tenemos una vida doble y hemos de encontrar esa mitad perdida para reunirnos con ella. Sin embargo, no es posible hacerlo solo. Por eso, para ello necesitamos de la solidaridad internacional.

 

 

El libro de los susurros empecé a escribirlo en 2003 y lo acabé, prácticamente, en 2006. Después me convertí en Ministro de Economía y Finanzas de Rumanía, fui Presidente de la comisión rumano-turca para desarrollo económico y pensé que era mejor esperar un poco para publicarlo. Fue una decisión afortunada porque en dos años tuve la oportunidad de reescribir el libro cinco veces, y la consecuencia de este proceso es que creo que la obra no tiene frases inútiles. En 2009 apareció en rumano y el primer idioma al se tradujo fue el español. Joaquín Garrigós, Director del Instituto Cervantes de Bucarest, fue un lector muy aplicado del libro y pidió a Pre-Textos editar la traducción, que resultó un éxito especialmente en el mundo latinoamericano.

 

Cuando Joaquín Garrigós acabó la traducción del libro, me preguntó: ¿Los acontecimientos son reales? Sí, claro. ¿Y los personajes? . No creo, me contestó. Quiero convencerme. Y después de convencerme le doy el libro a la editorial. Muy bien. Joaquín leyó en libro en Rumanía en septiembre del 2010. Poco después fuimos al cementerio armenio y con el libro en la mano empezó a buscar los nombres en las cruces. Aún fue otra vez, en esta ocasión sin decirme nada, y les preguntó a los fieles en la iglesia, gente de alrededor de sesenta o setenta años. ¿Conoce a un hombre llamado Har? En el libro, Harim vendía frutos secos y se los regalaba a los niños. Y dos fieles presentes en la iglesia le dijeron sí, nosotros, cuando éramos niños, nos dio frutos secos de su mano. Vestido con su esmoquin sucio. Entonces dijo basta, estoy convencido. Y le dio el libro al editor para publicarlo.

Los lugares de la memoria

 

Cada tiempo, cada lugar y cada pueblo tienen que tener su libro de los susurros; en cada lugar existen problemas que son parecidos a los que cuento. Cuando vine a España en 2011, los periodistas me preguntaron mi opinión sobre las fosas comunes del franquismo, donde se encuentran víctimas de ambos bandos. Contesté que si los muertos no se concilian será prácticamente imposible encontrar la paz. El problema de España es que no dialoga con sus muertos. Este libro es un diálogo permanente con los muertos. En él los hay de dos tipos: están los muertos antiguos, los que pertenecen a la Historia y no molestan a nadie, y los muertos nuevos, que son los que murieron para que nosotros pudiésemos vivir. Los muertos nuevos son parte de ti mismo. El libro se acaba con un círculo de muertos nuevos alrededor de la tumba de mi abuelo. Mi abuelo se convirtió en un muerto nuevo porque esa vida no fue acabada, no encontró su fin. No sé si conocéis una pintura de Arshile Gorky en la que borró las manos de su madre para transformarlas en dos gotas blancas. El cuadro nunca sería acabado. Creo que ese es un sentimiento compartido por todos nosotros.

 

Resulta interesante que mis padres no aparezcan en el libro porque durante mi infancia la relación la mantuve con mis abuelos. Mi padre era director de una empresa y estaba muy ocupado, así que mi relación con él empezó a establecerse tras la muerte de mi abuelo. Con todo, mis abuelos Setrak y Garabet nunca contaron nada, conocí la Historia por mis abuelas; ellos no la relataron. Creo que fue una estrategia para protegernos, aunque a veces no podían resistirlo y la relataban a través de canciones; mi abuelo Setrak canciones revolucionarias, y mi otro abuelo canciones religiosas.

 

Lo más difícil en el mundo es dar nombre a los sufrimientos. La diferencia entre Historia, literatura y cultura es que, en la Historia, el sufrimiento es abstracto. En los libros de Historia los muertos se escriben con muchos ceros. En literatura, el muerto no tiene ceros. Cada muerto tiene su cruz. Cada muerto tiene su nombre. Es muy difícil nombre dar nombre a los datos. Tengo una historia corta en mi último libro que se llama El juego de las cien hojas. Mi ciudad estaba llena de castaños y en otoño podías caminar solo paseando sobre hojas, como en El barón rampante de Italo Calvino. Nuestro juego era el siguiente: cada niño cogía cien hojas y donde no había una hoja para pisar tenía el derecho de poner otra. Si podía atravesar la ciudad pisando sobre hojas y utilizando solo sus cien hojas, era el vencedor. Mi generación no tuvo la misma oportunidad porque Ceaucescu tiró casas y calles; teníamos pisos y asfalto. Nuestro mundo se convirtió en un mundo más estrecho. Cuando hay un muro enfrente de ti puedes ver tras el muro. Es fácil tener un ideal cuando tienes tu trozo de muro. Es difícil preservar el poder de idealizar sin él. Sin el muro de Berlín mi generación es incapaz de soñar. Nosotros buscamos un ideal que no encontramos. Este es el mensaje del libro.

 

Agradecimientos: Ararat Ghukasyan (Asociación Armenia Ararat), Armine Vosganian (las imágenes que ilustran el texto corresponden a su cortometraje Cand moartea intarzie sa apara), Manuel Ramírez (Pre-Textos).

 

 

http://detour.es/cosas/juan-jimenez-garcia-oscar-brox-varujan-vosganian.htm

 

 

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