Mariano Coronas (photo) y el-buscalibros.com: „El libro de los susurros” pudiera haberse titulado „El libro de los gritos”

El libro de los susurros tiene un título que puede confundir… Leyéndolo, te das cuenta muy pronto de que bien pudiera haberse titulado El libro de los gritos. Porque lo que aquí se cuenta no es precisamente una acción poética o una historia bucólica. Aquí se pasan cuentas sobre un acontecimiento lento, pero brutal, como fue el genocidio armenio. Uno siente los gritos de desesperación de las decenas de miles de personas, de toda edad y condición, que fueron conducidas, como si fueran ganado, hacia una muerte terrible. Los armenios fueron expulsados de sus tierras y llevados, caminando, hacia su propio final: los que no morían por el camino, de sed, de enfermedades o de los golpes recibidos…, eran asesinados al final del viaje para el que no había destino geográfico concreto… El final siempre coincidía con la muerte.

 

En algunos pasajes del libro, el autor da un ligero descanso al lector o la lectora, permitiéndole recrear costumbres, gastronomía, el fotógrafo ambulante, la importancia de los libros…, en una suerte de contribución etnográfica, que diluye momentáneamente la tensión y la incertidumbre constante que rodea a la lectura y la suerte dramática que se adivina en el porvenir de la inmensa mayoría de los anónimos protagonistas: hombres, mujeres y niños que son abandonados a un destino terrible.

 

Llama la atención la increíble crueldad de las tropas otomanas y luego turcas (supuestamente protectoras y cuidadoras de los que eran conducidos…); y el hecho de animar a otras minorías: tártaros, chechenos, etc., a robar, violar y matar a los contingentes de famélicos armenios que eran conducidos a los distintos círculos de la muerte. “Qué diferencia entre la humildad de los que mueren y la soberbia de los que matan…”, llega a decir el narrador-autor. Los consulados de varios países europeos y norteamericano sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo, y aunque transmitían informes a las metrópolis correspondientes, no hubo acciones decididas para acabar con una especie de ensayo de lo que años más tarde ocurrió a gran escala en los campos de la muerte del tercer reich; porque lo que cuenta este libro, ocurre en 1915.

 

Este año, en abril, se cumplirá el centenario de tanta brutalidad. Es de suponer que asistiremos a actos de recuerdo de las víctimas, por parte de sus descendientes, y probablemente, a algún intento de conseguir que la cerrazón y la negativa turca a reconocer el genocidio armenio, se tambalee. Fue el 24 de abril de 1915 cuando centenares de intelectuales armenios fueron detenidos, secuestrados y en su mayor parte asesinados. A ese descabezamiento simbólico de la gente notable de la etnia armenia, le siguió ya todo lo demás: las deportaciones, las persecuciones y la muerte.

 

Leer este libro en invierno, produce además, una sensación física de frío intenso, terrible, porque uno imagina el deambular de miles de víctimas inocentes por las estepas centrales del Cáucaso o del interior de Turquía y de Siria, con una capa de escarcha o de nieve y temperaturas de varios grados bajo cero y no puede evitar sentir los latigazos del frío que se juntan con los que se reciben en el interior al leer tanta barbaridad, tanta crueldad, tanta desolación, tantos muertos…

 

Dice el autor que “El libro de los susurros no es un libro de historia, sino de estados de conciencia… Cosas como las que aquí se narran les han ocurrido siempre a gentes de todas partes. En realidad, El libro de los susurros, en su sustancia, vale para cualquier tiempo, como una coral de Bach, como una puerta estrecha por la que entran los hombres…”, lo que nos llevaría a reflexionar larga y profundamente sobre el precio que ha pagado la humanidad por la “construcción histórica de la civilización”.

 

Y quiero terminar esta reseña, con una cita (en el libro hay muchas para copiar y guardar) del principio del mismo. Dice el autor y narrador: “Los viejos de mi infancia tomaban el café a las seis de la tarde. El ceremonial de preparación dirigía ya la conversación por una vía reposada. Se hacían sitio entre los cojines. Se bebían el café sin prisas, sorbiéndolo ruidosamente y chasqueando la lengua satisfechos. Era el momento en que, a pesar de las emigraciones, de los recuerdos sangrientos y del paso del tiempo, el mundo parecía inalterable y sosegado y las almas, reconciliadas”. Un estado de ánimo admirable, después de la desaparición de más de un millón de compatriotas… Algo que parece imposible de lograr a medida que el lector asiste desolado al fluir de los acontecimientos.

Mariano Coronas

http://www.el-buscalibros.com/2015/02/el-libro-de-los-susurros-de-varujan.html