Elperiodico.com: El excelente Libro de los susurros
LA COMUNIDAD BARCELONESA DE UN PUEBLO MARCADO POR LA DIÁSPORA
Se cumplen 98 años de un genocidio que se cobró un millón y medio de vidas, barbarie que España todavía no ha reconocido. Los armenios claman su gran orgullo patriótico.
Armenia con acento catalán
Domingo, 21 de abril del 2013
XAVIER MORET
Un ‘jachkar’, que en armenio significa «cruz de piedra», es un monolito que tiene una cruz como motivo central y adornos alrededor. Es muy representativo de la cultura armenia y hay uno en el parque de Montjuïc, entre el Estadio Olímpico y los jardines del palacete Albéniz. Se inauguró en septiembre del 2009 como símbolo de la amistad entre Catalunya y Armenia.
De izquierda a derecha, Adriana Adanalian, Zaruhi Zakarian y María Ohannesian sostienen el libro que utilizan los niños para aprender el alfabeto armenio. JOAN PUIG
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Los primeros ‘jachkars’ datan del siglo IX, de la época del renacimiento armenio que siguió al fin de la dominación árabe. El más antiguo que se conoce se encuentra en Garni y fue esculpido en el año 879. Está dedicado a la reina Katranide, esposa del rey Ashot I Bagratuni. Sin embargo, el periodo de máximo esplendor de los ‘jachkars’ se sitúa entre los siglos XII y XIV. Actualmente continúa la tradición y hay algunos escultores de ‘jachkars’ en Ereván, pero también hay mucho tráfico de ‘jachkars’ antiguos, ya que la mayor parte se encuentran al aire libre sin ningún tipo de protección.
Desde el año 2010, el arte de los ‘jachkars’ figura en la lista del Patrimonio Cultural de la Unesco.
Siempre me ha interesado Armenia, un país de cultura europea y geografía asiática situado en la antigua Ruta de la Seda, entre el mar Negro y el Caspio, que fue el primero en adoptar oficialmente el cristianismo (en el año 301) y que cuenta con alfabeto, cultura, historia e iglesia propias. Siempre me ha interesado Armenia y siempre me han interesado los armenios, un pueblo marcado trágicamente por un genocidio que causó millón y medio de muertos en 1915 y que todavía hoy muchos países, entre ellos España, se empeñan en no reconocer. Al genocidio le siguió una dura diáspora que repartió 10 millones de armenios por el mundo y que hizo que la memoria y el dolor se expresaran en muchas lenguas.
La independencia de la antigua URSS, en 1991, parecía abrir una nueva era para Armenia, pero el país está empobrecido, flota en él la sospecha de la corrupción y no cesa la sangría del exilio. En España se calcula que hay 45.000 armenios, muchos de ellos instalados en Barcelona, cuando hace 25 años apenas había un centenar.
«Llegué a Barcelona en 1989», cuenta Adriana Adanalian, una argentina que se enorgullece de sus cuatro abuelos armenios. «Fui a una de las siete escuelas armenias de Buenos Aires y siempre me he considerado armenia. Aunque no lo sufrimos, las nuevas generaciones también estamos marcadas por el genocidio. Me quedó el sentimiento de culpa por haber sido una superviviente y el saber que hiciera lo que hiciera me sentía culpable. Es triste ver que el mundo no reconoce que no tienes culpa. Es increíble que ni Israel ni España aún no reconozcan el genocidio».A Adriana se le ilumina la mirada cuando me enseña el cuaderno escolar de su niñez y cuenta que en 1997 se casó con un catalán, Santiago, y fueron de luna de miel a Armenia. «Me emocionó viajar por primera vez a mi país. Yo tenía problemas para quedarme embarazada, pero allí me quedé. Fue muy significativo».
160.000 emigrantes anuales
En la misma mesa de la librería Bernat, María Ohannesian, llegada a Barcelona en 1981, recuerda también sus años argentinos y su compromiso con la cultura armenia. «Conocí a Maria Àngels Anglada (1930-1999) cuando ella estaba escribiendo Quadern d’Aram, una novela sobre el genocidio», apunta. «Se publicó en 1997 y hace unos años se tradujo al armenio. También tradujimos juntas al catalán las poesías de Daniel Varujan, el gran poeta armenio asesinado por los turcos en 1915. Solo tenía 31 años». prosigue María, «me sacó muchas cosas de mis abuelos que yo ya tenía olvidadas. El no reconocimiento del genocidio me afecta. En el 2015 se cumplirá el centenario y aún andamos con esto. Y también me afecta el desconocimiento cultural que hay sobre los armenios».Adriana y María me recomiendan un disco delicioso de Jordi Savall, «Anglada», Esperit d’Armènia, además de unas cuantas lecturas (excelente El libro de los susurros, de Varujan Vosganian). Todo un mundo cultural se abre al amparo de Armenia.
La idealización del país vivida en la diáspora, sin embargo, choca con la realidad de la Armenia actual, un país con una superficie similar a la de Catalunya, marcado por la corrupción, del que cada año emigran 160.000 personas.
«Yo tuve de marcharme con mi marido y mis dos hijos», cuenta Zaruhi Zakaryan, llegada desde Armenia hace pocos años. «Tuvimos que pagar 3.000 euros por cada uno para poder salir, pero es que allí no había futuro. Mi marido es médico y yo comadrona, pero trabajamos de lo que podemos. Muchos intentan ir a Estados Unidos, el mito. En Armenia quedan solo 1,5 millones, aunque digan que son 3. Son muchos los que se van. A mi me gustaría poder quedarme allí. Adoro mi país, pero no hay trabajo… De todos modos, nunca perdemos la esperanza de volver». Me encuentro al día siguiente, en la Casa Armenia (Ausiàs Marc, 49), con Sevada Sahakyan, presidente de la Asociación Cultural Armenia. El pequeño despacho en el que me recibe está presidido por una foto del monte Ararat, el símbolo por excelencia, ahora en territorio turco. Desde el 2006 funciona en la Casa Armenia, los sábados por la mañana, una escuela en la que se dan clases de armenio, música, danza y ajedrez. «También de catalán y de castellano», puntualiza Sevada, «porque queremos que los armenios no pierdan su lengua, pero también que se integren en Catalunya».«Yo llegué a Barcelona en el 2004, directamente desde Armenia», añade. «La emigración empezó después de la independencia, en los años 90. Muchos vinimos a España porque había trabajo en la construcción. Ahora las cosas han cambiado y hay que buscar alternativas». «Hay un dicho que apunta que el tiempo cura las heridas, pero ésta no se curará», opina cuando le hablo del genocidio. «Yo aún tengo una cicatriz en mi corazón. Cada año, el 24 de abril, organizamos un acto en memoria del genocidio. El año pasado fue en la iglesia del Pi. No queremos que caiga en el olvido».Aunque no existe una iglesia armenia en Barcelona, sí hay un vicario en Santa Coloma de Gramenet, donde existe una importante comunidad, y cada último domingo de mes oficia en la parroquia de Nostra Senyora dels Àngels. «Yo voy porque es mi cultura», subraya Sevada. «Desde el año 301 hemos sufrido mucho por nuestra religión». Cuando me habla de los 10 millones de armenios que hay en el mundo, puntualiza: «Algunos son de tercera o cuarta generación, pero los seguimos contando como armenios. Mi hijo, por ejemplo, es catalán porque ha nacido aquí, pero es también armenio».Un caso muy distinto es el de Armen Sirouyan, un arquitecto argentino-armenio radicado desde hace más de 20 años en Barcelona. Es nieto de Ashot Artzruní, autor de la gran obra Historia del pueblo armenio, reeditada en el 2010 en España, y recuerda lo que le ocurrió cuando fue por primera vez a Armenia, en 1992: «No pude evitar contarle a mi madre que aquello parecía una gran villa miseria». Armen, miembro del Consejo Nacional Armenio de España, tiene un hermano periodista, Christian, que sigue viviendo en Argentina, y una hermana, Shushan, que nació en Buenos Aires pero vive ahora en Ereván, la capital de Armenia.
Aún falta mucho«En Argentina soñábamos con ir a Armenia», cuenta. «Yo viajé allí un año después de la independencia. Estuve 20 días y comprobé que había un gran contraste entre el país idealizado y la realidad. Mi hermana se quedó allí, porque ella llegó con 18 años, se enamoró de un armenio-libanés, se casó¿ Yo, en cambio, tenía ya 30 años y vi que no podía quedarme. Los armenios de la diáspora siempre teníamos tres temas: la conmemoración del genocidio, la independencia y restituir los territorios históricos. El país ya es independiente, pero todavía falta mucho». añade. «En 10 o 20 años igual tiene que cambiar de nombre y llamarse Ex-Armenia¿ Es triste, pero puede ser, aunque procuraremos mantener viva nuestra cultura. No hay ningún armenio que no tenga una foto del monte Ararat en casa. Es como decir: ‘Soy armenio’. El Ararat, aunque ahora esté en territorio turco, es una referencia histórica, moral, simbólica; es un símbolo de la resistencia y de la vitalidad de nuestra cultura».Tras unos segundos de reflexión, Armen concluye: «Los años de dominio soviético causaron mucho daño, pero pienso que la armenidad la van a salvar las mujeres. Ellas han evolucionado y son las que más hacen por conservar nuestra cultura».
«Armenia es un país desestructurado del que muchos quieren irse»,
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