Fernando Iwasaki in Sevilla: El libro de los susurros, la granada y el albaricoque

PRESENTAR A UN narrador que no escribe en español, cuya obra general desconocemos y que por primera vez ha sido traducido a nuestra lengua, supone un doble cometido, pues a los presentes debo persuadirles de la urgencia de leer El libro de los susurros y a Varujan Vosganian –y sólo a él- quiero expresarle cuánto le agradezco que haya escrito uno de los libros más bellos, sublevantes y conmovedores que he leído en mi vida. Trataré de cumplir ambos propósitos en ese orden.

Varujan Vosganian es armenio y al mismo tiempo rumano. Para quienes consideran que no hay nada más valioso que tener una sola identidad o ser de un único sitio, quizá sea muy arduo comprenderlo, aunque los armenios –como los judíos, los kurdos o los palestinos- saben muy bien que es posible ser ruso, turco, griego, argentino, rumano, iraní, libanés o estadounidense, sin dejar de ser armenio. El libro de los susurros narra el pavoroso genocidio armenio de 1915, así como las persecuciones padecidas por el pueblo armenio a manos de los nazis, los turcos y los stalinismos, durante todo el siglo XX. A través de las narraciones de sus propios familiares y de la épica de los héroes armenios caídos, Varujan Vosganian nos revela que El libro de los susurros es un estado de conciencia conservado gracias a un turbión de historias narradas en voz baja, porque hablan de los muertos que los armenios honran junto a la lumbre del hogar, delante de un tazón de colivă o rezando al pie de cualquier fosa común de Alepo, Anatolia, Mamura, Islahiye, Bab, Meskene, Dipsi, Rakka o Deir-ez-Zor, porque “no existe ninguna familia armenia en este mundo que no cuente con algún desaparecido, como en un remolino, en los círculos de la muerte”.

El libro de los susurros nos concierne, porque España es un país que también ha expulsado y provocado la diáspora de millones de seres humanos. Pienso en los moros, los judíos y los gitanos; en los erasmistas, ilustrados y jesuitas; en los jansenistas, liberales y krausistas; o en los anarquistas, republicanos y comunistas. El libro de los susurros nos sumerge en el horror de unas madres que enloquecidas por ver agonizar a sus hijos, prefieren entregarlos a las tribus beduinas para que sobrevivan siquiera como eunucos. Tenéis que leer El libro de los susurros porque ahora sabéis que existe y su lectura imprescindible supone una expiación y una reparación.

Como advertí, quisiera agregar algunas palabras que sólo Varujan Vosganian comprenderá que provienen de El libro de los susurros, aunque no del que escribió y que hoy presentamos, sino de El libro de los susurros que leyó en las guardas de la Biblia de la abuela Arşaluis, en los daguerrotipos de los familiares desaparecidos, en las reuniones donde volvía a ser el niño que comía colivă en la conmemoración de Aurel Dimofte, en los huesos de aceituna que forman el rosario que lleva en el bolsillo interior de su chaqueta o bajo el albaricoque donde el abuelo Garabet sesteaba zollozando.

El albaricoque –prunus armeniaca-, nos susurra Varujan Vosganian, es la fruta de los que están juntos. “La granada, en cambio, es la de la soledad y el éxodo”. En mi vasta ignorancia desconocía que la granada tiene 365 granos, uno por cada día del año, y que los armenios la veneran porque los alimentó durante siglos cuando atravesaban los desiertos de sus exilios y los páramos de sus sacrificios.

Ni el albaricoque ni la granada estaban entre las frutas de mi corazón, pero Varujan Vosganian me las ha regalado con un perfume nuevo y un sabor especial, donde reconozco ahora los exilios de mis propios abuelos, quienes sin poblar El libro de los susurros también descubrieron lo difícil que es morir en la tierra que uno ha nacido. Tolstoi se preguntaba cuánta patria necesita un novelista. Varujan Vosganian nos ha enseñado que no necesitamos más que la sombra de un albaricoque y la jugosa lágrima de una granada.

Fernando Iwasaki

Sevilla, 28 de mayo de 2011

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